El lector insurrecto

La confitería es un caos, que no llega a ser desorden. Más bien parece una coreografía imperfecta de risas que estallan, amplias y contagiosas, discusiones en voz baja, conversaciones que se cruzan a viva voz. Palabras que chocan entre sí, que se pisan, que se interrumpen. Las sillas, al arrastrarse contra el suelo con un quejido áspero, compiten con las cucharitas que golpean las tazas con ritmo nervioso.

Es lo normal en una tarde de la ciudad porteña que compite, allá afuera, con su propio caos. Lo que rompe la norma es el señor —maduro, sin exagerar— sentado a una mesa, solo, ajeno por completo a lo que sucede a su alrededor mientras, sorbo a sorbo, da cuenta de su café. Nada fuera de lo común, si no fuera porque, a diferencia de sus congéneres, no tiene el celular encima de la mesa, sino un libro cerrado.

“Bien por él”, pienso, y regreso a lo mío: terminar una deliciosa porción de torta de arándanos. Sin embargo, en un rapto de curiosidad, mi mirada vuelve al hombre. Ahora sostiene el volumen entre las manos y, de tanto en tanto, pasa las páginas como si las acariciara: lento, suave, con la parsimonia de quien sabe que leer —de verdad, con atención— se ha convertido en un acto de insurrección frente a quienes devoran párrafos como si fueran comida rápida.

Al fin y al cabo, cuando leemos un libro estamos frente a frente con la voz que nos cuenta una historia, y esa voz no es un ruido de fondo ni un titular efímero. Es un encuentro humano que exige una presencia absoluta, una que no admite el escaneo superficial ni la prisa por llegar al punto final.

Mi “lector insurrecto” no lee para acumular, sino para habitar. Es alguien que se permite el lujo más caro de la modernidad: la exclusividad de su propia atención.

Aunque, pensándolo bien, quizá no esté librando ninguna revolución. Tal vez solo esté esperando a alguien que llega tarde. O evitando mirar el celular que dejó en el bolsillo. En tiempos como estos, basta con abrir un libro para que los demás le atribuyamos heroicidades.