
Buenos Aires, 4 de diciembre de 2000
Querida Carmeliña: esta vez no te estoy escribiendo sentada frente a mi ordenador. Estoy sentada, sí, pero en un cómodo banco de un hermoso lugar que se llama El Rosedal, ubicado en los bosques de Palermo, pulmón verde de la Ciudad de Buenos Aires. Como su nombre lo indica, estoy rodeada de preciosos rosales, que miran, como yo, al lago apenas navegado en esta soleada mañana de lunes del recién estrenado diciembre.
Este es uno de los poquísimos lugares que quedan en esta convulsionada ciudad que están bien cuidados, y donde aún se puede disfrutar de una cierta calma. Lástima las rejas que lo circundan, fiel reflejo de los tiempos que malvivimos por estas comarcas, donde el pillaje anda suelto gozando del libertinaje con que lo premian a diario. Mientras, los ciudadanos que queremos trabajar, estudiar y vivir en paz estamos con nuestras casas enrejadas, «resguardados», presos del miedo, de la impotencia ante tanta violencia e irracionalidad desatadas.
Como ya te dije, querida amiga, es día de semana, así que casi no tengo compañía; solo algunos patos recorren la orilla del lago, y tres o cuatro personas esparcidas por aquí y por allá, de las que solo una llama mi atención un anciano que se pasea contemplativo entre las rosas, intentando con dignidad —no exenta de un evidente esfuerzo— que su cuerpo le obedezca a sus ganas, que parecen empujarlo más allá de los años que lleva encima. Pasa al lado del busto de Rosalía de Castro sin prestarle atención, quizá porque lo observó en otras ocasiones, quizá porque no le interesa, o puede que ni siquiera hubiera escuchado hablar de nuestra insigne poetisa.
Al ver a este hombre, viajero de la última estación de su vida, me pregunto (porque no me atrevo a preguntárselo a él) si estará satisfecho de lo vivido, si le pesarán esas deudas que casi todos contraemos con nosotros mismos, y que es posible que ya no tenga tiempo ni fuerzas para inscribirlas en el haber de su vida; quisiera preguntarle cuántos sueños marchitos guarda, apretados y descoloridos, entre las páginas del libro de su añosa vida, si se arrepiente de no haberlos liberado, de no haberlos conquistado…
En fin, el desconocido desapareció de mi vista arrastrando los pies cansados, pero las preguntas siguen dando vueltas en mi cabeza mientras intento ordenarlas en el bloc de papel para ser medianamente coherente en mis reflexiones y que tú me puedas entender. Hace mucho que no escribo una carta tan larga directamente en papel sin la posibilidad que nos da el ordenador de corregir y modificar al instante. Es una práctica que tendríamos que recuperar para ejercitar más la espontaneidad.
Pero me estoy apartando de los pensamientos que la figura del anciano me inspiró, acaso porque tienen mucho que ver con mis miedos, que no se relacionan ni con la vejez ni con la muerte. Me refiero a llegar a «esa» etapa de la vida soportando el peso de los años y de pronto darse cuenta de que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que abrimos el cajón de los sueños, ni tan siquiera para revisarlos; de que el compartimento de los proyectos está vacío porque ya no hay ganas de llenarlo, y entonces el tiempo que nos resta lo dedicaremos a deambular por el último andén mirando, sin querer ver, la figura de un temido tren: el último.
A lo mejor para el anciano que llamó mi atención no es tan así, y aún tiene objetivos y sueños que espera cumplir; a lo mejor son mis propios miedos los que hablan. No lo sé. De momento siento un inmenso placer de estar en este lugar que invita a la calma y a la reflexión, escribiéndote e intentando poner en orden esta etapa de mi vida, a la que podría llamar «la estación intermedia».
Esto de estar en medio de todo y de nada últimamente se me hace recurrente, como si un invisible reloj biológico me pusiera en medio de una encrucijada con varios caminos: uno, donde veo pisadas pequeñas, alegres huellas de infancia, que se cortan abruptamente, dolorosamente; también hay otro, muy recorrido, vivido y malvivido, donde estoy parada, rodeada de los afectos; pero hay un sendero, virgen, intransitado, hecho a la medida de mis pies, que parece unirse en el horizonte de mi vida con aquel otro de las huellas pequeñas. La sola idea de recorrerlo me estremece de felicidad.
Miro a mi alrededor y me dan ganas de instigar a cada uno de los escasos paseantes de esta mañana soleada a pararse en «su» encrucijada, a que sean conscientes del paso del tiempo, de los caminos recorridos, pero también de los no recorridos, de los que esperan ser fecundados por nuestros pasos, de los que aguardan a que nosotros nos atrevamos a vivirlos.
Creo que ya es hora de volver a la realidad, querida Carmeliña, y a mis deberes terrenales, abandonados por unas horas, esta vez sin ninguna culpa, consciente del desgano terco y creciente que me empuja a alejarme de «la fábrica de tareas repetidas»: esa rutina agónica y sin emociones donde, sin darnos cuenta, enterramos lo mejor y más valioso de nosotros mismos.
¿Qué es la vida sin los pequeños placeres que alimentan el espíritu, que alivian el alma? Una cáscara vacía, seca y desteñida… Espero, querida amiga, no contagiarte mi melancolía, justo ahora que tú estás recomponiendo exitosamente las piezas sueltas del alma, y sobre todo desechando las que te sobraban. Me alegro, no sabes cuánto me alegro de que hayas logrado tan buenos resultados, a juzgar por tu carta.
En algo así ando yo: tarea ardua si las hay, para la que se necesita, entre otras cosas, coraje, decisión e inteligencia, cualidades que a ti te sobran y que espero que a mí no me falten. Tendré que averiguarlo. Lo único que tengo claro es que no quiero encontrarme de golpe viendo llegar el último tren y darme cuenta de cuántas señales ignoré, cuántos llamados desoí, cuántos horizontes no traspasé, cuántos ríos dejé de navegar, cuántos senderos no recorrí.
No es casualidad que en este instante me venga a la memoria una viejecita maravillosa a la que todos llamaban doña Lila, emigrada a la Argentina desde su recordada y amada Madrid. Ella fue mi vínculo visible y palpable con España apenas llegué a Buenos Aires, pues éramos vecinas. Me gustaba escucharla relatar sus anécdotas de cupletista, aunque nunca quiso decirme por qué, si le iba tan bien en su Madrid, emigró apenas cumplidos los 25 años. Doña Lila vivía encerrada en su cuarto, desangrándose en recuerdos y rodeada de abanicos, peinetas, castañuelas y unas mantillas que a mí me deslumbraban, mudos testigos de un pasado que ella atesoraba con amor.
De tantas tardes que compartí con ella me quedó grabado su dolor porque no iba a poder morir en su tierra, y una frase que siempre repetía: «No me pesa la vejez, me pesan los sueños muertos». Pasaron muchos años para que entendiera fielmente el sentido de sus palabras, dada mi corta edad de entonces. Cuando los sueños se mueren y se pudren dentro de nosotros, no hacen más que contaminar nuestro diario vivir e, indudablemente, como le pasó a doña Lila, interfieren, molestan y llenan de amargura la vejez. Yo aún no llegué a esa etapa, pero haré todo lo posible para que no me pase lo mismo.
Te dejo hasta la próxima, queridísima amiga; me gustó esta experiencia de escribir cartas al aire libre. Prometo hacerlo más seguido. Me voy satisfecha de esta mañana, que huele a futuro.
Recibe mi cariño de siempre junto con un fortísimo abrazo, mientras espero noticias tuyas.
Carmen
