
Los poetas siempre le cantan al amor y a su manifestación más efímera: la pasión. Sin embargo, ¿alguien le cantó alguna vez a la poco romántica convivencia? Y eso que convivir también tiene sus cosas buenas, enriquecedoras y estremecedoramente reales. Ya no estamos “inventando estrellas” sino que nos estrellamos contra la más categórica de las realidades.
Sin duda cuando nos enamoramos nuestra vida se sitúa en otra dimensión, en otro espacio inconmensurable. Nuestros pies están a metros del suelo porque el amor nos mantiene etéreos y nada ni nadie nos puede hacer bajar de esa nube acogedora, donde solo la otra persona nos alcanza porque ambos estamos en la misma nube-frecuencia: un estado de enajenación y, hasta diría, de estupidez, a qué negarlo. Quienes algún día se enamoraron hasta las trancas lo entenderán, pero solo si lo analizan a la distancia; es decir, cuando ya pasó el vendaval del amor apasionado y mágico.
Porque solo puede ser mágico ese estado de necesidad del otro todo el tiempo y a toda hora, hasta el punto de llamarlo veinte veces en una hora solo para decirle: “Te quiero, te extraño, te necesito, ¿estabas pensando en mí?, no puedo vivir sin ti ni un solo minuto, lejos de tus besos, de tus caricias…”. Todo esto dicho sin morir de una sobredosis de palabras, suspiros y “calentamiento global”.
¿Que nunca padecieron de tamaña verborragia amorosa? ¡Vamos! Entonces, o están mintiendo o nunca estuvieron apasionadamente enamorados. Es que el amor y la pasión, confabulados, te absorben el coco, los intestinos —ni comes por mirarlo, tan bonito, tan perfecto— y, por supuesto, la razón. La razón es la única que cuando el amor y su magia tocan a tu puerta, sale disparada por la ventana.
¿Pensar racionalmente? ¡Qué va! ¡Estamos enamorados! Entonces los pensamientos, el raciocinio y hasta la cordura pasan por la punta de los dedos cuando lo tocan, por los ojos cuando lo miran, por los brazos cuando lo estrechan contra el pecho hasta ahogarnos y ahogarlo, y por todo lo demás que ya se estarán imaginando.
Entonces, como no podemos vivir la una sin el otro —y viceversa— decidimos convivir, es decir meter todo ese amor con su compañera la pasión debajo de un mismo techo y encima del mismo lecho.
¡Qué maravillosa idea, ensayada a lo largo de los siglos y con resultados parecidos! Es que los seres humanos no aprendemos más. La convivencia suele ser devastadora, como un tsunami que arrasa con una parte fundamental del amor, como es la pasión, y muchas veces con el amor mismo. ¿Por qué entonces insistimos en seguir probando? Si lo supiera ya habría resuelto buena parte de mi vida.
Al principio de la convivencia todo es maravilloso. Nuestras vidas y espacios se complementan, encajan como las piezas de un rompecabezas, perfectamente diseñadas por nuestro amor apasionado. Pero el tiempo —ese verdugo implacable— le va dando a la pareja, casi en silencio, señales que al principio parecen pequeñas tonterías. A unos les puede suceder al año, a los dos años o a los cuatro, y a los más afortunados mucho más adelante, pero el caso es que un día nos encontramos con que la misma cama —por poner un ejemplo— que antes nos sobraba ahora resulta que comienza a resultarnos pequeña. Y hasta ese acto de extrema ternura de dormir abrazados, enlazados y estrujados, nos empieza a incomodar un poquito…
—Mira, cielo, no es que no me guste tu brazo apretando mi cuello mientras escucho tus hermosos ronquidos en mi oído y tu pierna aplastando mi cadera. ¡No, qué va! Es que yo siempre preferí dormir sobre el lado derecho, sin almohada y con una pierna colgando fuera de la cama…
—Pero si hasta ahora no te molestaba. ¿Pasa algo?
¡Ya está! La voz de alarma fue dada. La muy diablilla de la pasión se está alejando en puntas de pie, sin hacer mucho ruido, dejando al amor solito y desnudo, y que se las arregle como pueda con la jodida convivencia.
De todas maneras —para no ser tan aguafiestas— cuando el amor es genuino la convivencia tal vez no sea su verdugo, sino su prueba de fuego. Porque amar cuando todo es perfecto parece demasiado fácil. Lo más complicado —y quizá también lo más hermoso— es seguir amando cuando alguien ronca a tu lado, ocupa toda la cama y aun así, inexplicablemente, no quieres que se vaya.
