
Hay décadas —en esto de cumplir años— que llegan como umbrales: espacios que de pronto se abren y donde el aire es distinto, incluso un poco mareante.
Aparece una curiosidad, un tanteo que busca esa versión de ti misma que todavía no existe del todo, pero que intuyes. Casi puedes tocarla, como algo que se construye despacio, aunque con firmeza.
Y eso da vértigo. Agita los fantasmas de los miedos, porque cambia cosas. Porque la libertad auténtica no es liviana: trae una responsabilidad nueva, la de ser fiel a una misma incluso cuando incomoda, incluso cuando decepciona a alguien, incluso cuando todavía no sabes bien quién es esa mujer en la que te estás convirtiendo.
Sé complaciente contigo misma en ese mientras tanto.
No desde la resignación, sino desde la hospitalidad. Recíbete. Acepta a la que todavía no entiendes del todo. Dale tiempo antes de exigirle claridad, antes de pedirle que se justifique.
El tanteo no promete llegada. Promete movimiento. Y a veces eso —moverse, abrirse, animarse al vértigo— es suficiente. Quizá sea todo lo que hace falta
