Estar en el salón de la casa de la tía Cuca es como entrar en un tiempo que se detuvo y decidió quedarse. Ella no me mira a mí. Está de espaldas, en el hueco de la ventana abierta de par en par. Un viento suave la despeina y el tibio sol del atardecer la ilumina casi por completo.
Carmen: —En esta casa se siente el peso del silencio.
Se dio vuelta sin prisa y se sentó en el borde del sofá, sin apoyar la espalda.
Tía Cuca: —Hay silencios que pesan demasiado, y otros que hablan y hablan… sin palabras. Esta casa sabe mucho de eso. Es una manera de preservar las partes quemadas de nuestra historia. Su piel ya no es tersa, igual que la mía. Guardamos las mismas marcas —dice, mientras pasa la mano lentamente por el apoyabrazos.
Carmen: —Te referís a la casa como si fuera un ser vivo, pensante…
Tía Cuca: —Sí. Un ser que piensa, respira y, si hace falta, actúa. Las cosas, como las personas, no son siempre lo que se ve a simple vista.
Carmen: —Esa manera tan tuya de decir a medias muchas veces desesperó a Valentina. ¿Por qué le guardaste tantos secretos?
Tía Cuca: —Ya todo fue hablado, ¿no?
Carmen: —No sé… Las verdades a medias no son verdades.
Tía Cuca: —Valentina ya sabe lo que tiene que saber. Solo que necesita que yo se lo confirme. Y eso no va a pasar.
Carmen: —¿Sos feliz?
Tía Cuca: —¿Qué pregunta es esa? Es más propia de una entrevistadora mediocre que de una escritora…
Carmen: —No me desafíes. Yo te creé. Me provocás solo para no contestar. Entonces, ¿sos feliz?
Tía Cuca: —Feliz… lo justo para no quemarme en el intento. Lo aprendí viviendo. Detenerse en algún momento a examinar los fragmentos dañados que nos atraviesan de lado a lado, es un duro trabajo de aprendizaje. A veces se logra, y otras… ya sabés.
Carmen: —Al parecer Malena no lo está logrando, por ahora… ¿Creés que realmente quiso matarte?
Tía Cuca: —Sí, pero… no es una asesina.
Carmen: —Asesinas que no son asesinas… Buen título para una novela. A propósito, ¿qué pensás del nombre que le pusimos a nuestro libro?
Tía Cuca: —Pan quemado… Una metáfora perfecta para lo que no tiene vuelta atrás. Como las experiencias fallidas y las decisiones equivocadas que no pueden deshacerse. ¿Qué te inspiró para elegirlo?
Carmen: —Sabés muy bien quien me lo sugirió.
Tía Cuca: —Es cierto, pero no me quiero emocionar al hablar de ella. La vida no siempre resulta como se espera, y aun así hay que asumirla.
Carmen: —Creo que es momento de terminar esta entrevista, tía Cuca. Los lectores ya saben un poco más de vos. Esa era la idea.
Tía Cuca: —No tan rápido, escritora. Ahora te toca a vos: ¿Por qué me elegiste a mí para cargar con tantos secretos? ¿Es porque me creés capaz de sostenerlos, o porque en el fondo te daba un poco de miedo contarlos vos misma?
Me quedo callada ante la mirada intensa y hasta burlona de la tía Cuca, que sonríe con aire de suficiencia mientras se recuesta cómodamente en el sillón.
Entiendo (tal vez ella también) que hay preguntas que solo se responden escribiendo.

