

El buzón rojo de la esquina de Perú y Carlos Calvo sigue ahí, con su boca abierta y muda. Apoyo la mano sobre el metal frío y, por un instante, creo sentir el roce de unos dedos que imaginé alguna vez frente al teclado. En este mismo buzón, en días que ya no existen en el almanaque pero que siguen vivos en mi memoria, una de las protagonistas de “Pan quemado” dejó caer en su vientre cilíndrico una carta cada día.
Recorrer San Telmo después de escribir mi última novela (por ahora) es una colisión inevitable entre las veredas que me vieron crecer y los escenarios que yo misma poblé con mis personajes. Las calles adoquinadas parecen haber adelgazado, como si el tiempo las hubiera ajustado a mis otras miradas.
Resulta tentador buscarme en el pasado, pero hoy mis pasos se superponen con otros que nunca di: los de aquellos que inventé. Tengo la sensación de que, a la vuelta de una esquina, voy a encontrarlos. Están ahí, en algún zaguán, detrás de los vidrios de una ventana polvorienta. Son mis personajes de “Pan quemado” detenidos en ese tiempo circular que es la literatura.
Me pregunto si me reconocerían. Si sabrían que fui yo quien les dio esa vida que tal vez nunca habrían elegido. O si, por el contrario, me mirarían con una cortesía distante, como se mira a alguien que insiste en adjudicarse una historia que ya no le pertenece.
Qué extraño es volver. Como si el barrio empezara a compartirse; como si ya no me perteneciera del todo. Ni yo a él.
Tal vez escribir sea eso: dejar en la ciudad unas vidas que seguirán pisando, cuando una ya se ha ido, el empedrado de estas calles viejas que guarda tercamente sus secretos.
